Libertad de expresión

Estos días de tanta zozobra electoral hemos cruzado en el blog, entre unos y otros, comentarios de todo tipo; en todo caso se ha actuado con respeto: Estoy de acuerdo, no lo estoy, tengo miedo, tengo pavor, estoy que no me llega la camisa al cuello, yo paso, no sembremos el odio, no entremos al trapo, tomemos lexatín, valeriana…
Hemos dicho lo que nos a apetecido ejerciendo eso que llamamos libertad de expresión, que no es otra cosa que poder transmitir públicamente un pensamiento previamente elaborado.
Creo que salvo en una ocasión, no he borrado nunca ningún comentario. En efecto me parece que todo ha de tener límites y que la frontera entre el insulto y la libre palabra está ya meridianamente trazada desde hace mucho.
Llegados a este punto, el otro día pude ver a María San Gil, miembro destacado del Partido Popular en el País Vasco, salir por pies de la Universidad de Santiago de Compostela. Ayer, la historia volvio a repetirse en la Pompeu Fabra con Dolors Nadal, cabeza de lista por el mismo partido en Cataluña.
Antes, las Universidades tenían la vocación de enseñar a la gente a pensar. Ahora creo que son máquinas recaudadoras de matrículas y oficinas de colocación de hijos de ilustres y demás familia, perdiendo un poco su antigua esencia. Pero, con independencia de las transformaciones que haya experimentado nuestra endogámica red univiersitaria, bien es cierto que hay gentes a las que se les ha podrido ya tanto el cerebro que no hay nada que hacer y enseñarles a pensar deviene en una empresa irrealizable.
La posibilidad de hablar, de expresar sin miedo aquello que se piensa, de actuar dentro de las reglas del respeto a aquel que no razona como tú, son elementos fundamentales de un Estado democrático, en una sociedad civilizada.
Cuando entro en la sede del Gran Oriente de Francia, en París, lo primero que uno observa al fondo del pasillo, grabado con letras doradas sobre un muro de mármol blanco, es esa frase atribuída a Voltaire, y también a Saint Exupéry, con arreglo a la cual, aunque uno no esté de acuerdo con lo que dice el vecino de enfrente, se debe batir contra viento y marea para que nadie le discuta el derecho a poder decirlo.
Pues eso: nunca se me ocurriría votar a María San Gil o a Dolors Nadal. Antes preferiría quedarme en casa sin ejercer el derecho que me corresponde en este estado de cosas. Pero nunca jamás haría nada para impedirles hablar. Me resulta nauseabundo que en sendas “casas de la razón” (la náusea sería la misma en cualquier espacio, pero una universidad añade inevitablemente un plus de repugnancia a los hechos) un ridículo grupo de alborotadores, agitadores de pasillo, embadurnadores de pared, haya hecho salir corriendo a dos mujeres que sólo querían decir a un auditorio aquello que pensaban.
Ahora me acuerdo de Ruiz Gallardón hace años, en plena zozobra antibelicista por la guerra de Irak, dejando intervenir en un acto público en el que participaba a un grupo de estudiantes que había ido a protestar por la decisión gubernamental de implicar a España en aquella invasión. Los estudiantes pudieron hablar. Pero Gallardón, a pesar del gesto, no pudo hacerlo. Su silencio obligado ridiculizó a aquellos que, desde el ejercicio legítimo del derecho a la protesta, no supieron entender en qué consiste eso de expresarse libremente.
Y a la memoria me viene también aquella algarada que le armaron los chicos de la gomina a Felipe González en la Universidad Autónoma de Madrid… Otra vez la Universidad… Entonces, la lectura hecha por algunos fue la de una juventud rebelde extenuada ante tanta corrupción. Hoy, curiosamente, los mismos exégetas, ya no hablan de juventud rebelde sino de que alguien le ha dado alas a los radicales, sacándolos de su caja de Pandora.
Sea como fuere, bien estará que llegue el día en el que uno pueda hablar sin temor a salir cobardemente lanceado como el toro de Tordesillas; y mejor estará que llegue también el momento en el que nadie intente justificar estos estallidos de estupidez y violencia, insoportables para cualquier democracia seria que quiera ser tenida por tal.
Por cierto, una gran parte de los alborotadores de la Pompeu Fabra y de la Universidad de Santiago estudiaban Derecho ¡A dónde iremos a parar!
Inconstitucionalidades
Ayer por la tarde me puse muy contento. Este titular fue la causa: “El Constitucional rechaza el recurso del PP contra la paridad en las listas“. No es que estuviera yo muy preocupado por las andanzas constitucionales de los diferentes recursos que ha presentado la primera fuerza política de la actual oposición; pero sí aguardaba especialmente el resultado de dos de los pleitos promovidos por el partido del candidato previsible.
























